José

 

Hay olor a claveles en la sala de velatorio
donde está mi tío con los ojos y la boca cerrada.
Lo miro, pero no lo toco.
Es que no resisto el frío
de su cuerpo quieto.

 

Estoy convencido,
no existe el alma
aunque no puedo dejar de pensar
que ahora falta un destello
eso que lo hacía a José, José
o sea sólo cargar la muerte
en sus facciones.
Pero no hay dudas
es su cuerpo.

 

Seguimos al coche fúnebre.
¿dónde se comprarán esos autos?
Fumo un cigarrillo.
Mi hermano duerme
con la cabeza apoyada
en la ventanilla.
Escucho su respiración,
veo gotas en su frente.

 

En Chacarita el cura repite un sermón
que debe haber dicho cien veces ese mismo día,
ahora José está con la luz infinita
cuando tuve sed, él me dio de beber
cuando tuve hambre, él me dio de comer.
Agarro la mano de mi hermano
le pido que haga la promesa
que no haya ningún cura cuando muera.

 

Vamos hasta los nichos,
juro que ahí abajo
no puedo mover los pies
¿cómo despierto de este sueño?
Abrazo a papá, dejamos fresias en la puerta.
El chirrido de los tornillos retumba en la galería.

 

Me llevo en el bolsillo de la campera
una tarjeta con la imagen de Jesús
donde está el lugar, la hora, el día
y una oración que reza
muero, pero mi amor no muere.

Nudo marinero

storm-drain

Ahora que vuelve el frío

y los árboles grises o marrones

dejaron escapar todas sus hojas

me acompaña a cada paso

la inseparable sombra

de ser un error o un acierto

en este mundo que hace tiempo

intenté ordenar y comprender 

sin conseguirlo nunca.

Puedo pasar por la verdulería

que está a la vuelta de mi casa

sorprenderme con los colores

de los frutos de estación 

ver en cada uno una huella

de algo que me excede por completo

o hacer foco en las colillas de cigarrillos

que se estrellan como barcos abandonados

en la boca de tormenta al final de la calle.

Puedo ver esto o lo otro pero no todo junto

porque soy como la veleta en la terraza

que cambia de dirección según el viento

de esa casa con ladrillos a la vista

cubiertas por magnolias.

Llego hasta la puerta gris de mi departamento

antes que pueda poner las llaves 

mi vecino abre, lo miro a los ojos

nos damos un saludo helado y sigo.

¿pensará que las columnas de la entrada

son feas? ¿sentirá la misma desesperación

por el amarillo patito con el que pintaron

la fachada del edificio?

Me gustaría hacerle esas preguntas

y averiguar qué hace cuando el frío es tan intenso

que arma un nudo marinero en el pecho,

pero no me detengo.

Todo pasa tan rápido que ya estoy sentado 

frente a la computadora

escribiendo este poema que nunca va a leer.