Mar del plata

lobo marino

 

Caminamos por Playa Grande
cerca del casino.
La arena que trae el viento
me raspa las piernas.
Esquivamos sombrillas,
vendedores de pulseras, remeras,
churros y helados.
Golpean las olas en la costa,
deshacen castillos de arena,
canchas de tejo.
Junto a una caña hay dos corvinas
las boca suplicando aire,
los ojos abiertos, enfocados al cielo.
El mar está lleno de alimento,
el mar es inmenso.
Te señalo el océano,
es grande muy grande, te digo.
Parece eterno en el punto
en que se confunde con el horizonte.
Pero hablás de tu marido -que nunca llama-,
de tu primer amor en Luro e Independencia.
Pasamos frente a los lobos marinos,
quietos de espaldas al mar.
Madre, tu mirada se ilumina de azul.
Son los lobos de cemento,
donde los turistas se sacan fotos.
Madre, tus manos tiemblan.
Juro, los lobos nunca se movieron.
Madre ¿los ves diferentes?
No, son los de siempre, decís.
Son nuestros ojos
los que cambiaron.

La torre

torre

 

 

Mosquitos hechos de agua

zumban en mis oídos,

golpean en la ventana,

me despiertan a la madrugada.

No puedo contener 

las ganas de orinar.

La cama está caliente,

la tormenta perfecta.

Hay veinte pasos

-quizás más- hasta el baño.

El pasillo es oscuro.

Camino al ritmo de las gotas

hasta enfrentarme al inodoro.

Descargo, voy a lavamanos.

El espejo enseña las ojeras,

la barba crecida.

Hay un gesto que no es propio

siempre hay un engaño en el reflejo.

Un trueno sacude el techo,

veo llover pedazos de cemento.

El suelo quieto.

Los fantasmas me miran,

se ríen. Casi los olvido.

Las cosas por tu nombre

broches

La remera gris de manga larga
con tres botones color perla
doblada, prolija, al lado de la cama.
La frazada rayada
verde, rojo, amarillo y rosa
para combatir mi habitación
hecha en Alaska.
La crema con olor a lavanda
en el lavamanos, junto a la hebilla
rosa que nunca volviste a buscar.
Los potus que brotan en botellitas
de vidrio, no sabía que crecen
sin necesidad de tierra.
El cedrón y la menta
para el mate frío de la mañana
escondidos en la alacena.
Los colores primarios en acrílico
para pintar nuevos paisajes, junto
a los poemas que te gustan.
El jengibre en polvo en un frasquito
de plástico con tapa a rosca.
El perejil fresco y los restos de batata
agolpados en una heladera
que hace tiempo no funciona.
El perfume del palo santo
que envuelve a un caballo
de juguete al galope.
Los señaladores de colores
por si me pierdo entre los libros.
La grabadora que guardará
los esbozos de mi carta natal.