Función

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En avenida Boedo estaba el cine
donde proyectaron Chatrán
la historia de un gato y un perro
que se pierden jugando a la escondida.
Sólo eso me acuerdo de la trama.
Todavía persiste la emoción cuando mamá
vino y dijo “vamos a ver una película”
mi hermano y yo saltábamos de alegría.
No sabíamos que en el cine
hay que estar sentado, quieto y callado.

Ahora es domingo y tomo café
sentado en El Ajenjo.
Veo que el cine se convirtió en un templo Evangelista:
se proyectan fantasías distintas.

Mamá ya no nos lleva a ver películas.

Escucho desde una radio el relato
de un gol de San Lorenzo.
Quiero pararme, saltar y gritar
compartir la alegría,
pero no puedo.
Me quedo con el café en la mano
quieto y callado
contemplando atento,
como un alumno aplicado,
las historias que pasan en el cine.

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Geografía

Imagen

 

Frente a una parada de colectivo
en el barrio de Boedo, a metros
de la avenida Garay,
hay una estación de servicio
plagada de taxistas
armados de medialuna
y café con leche.

En vano intentan descifrar
el cosmos celeste.

Ahí, en la parada, en Boedo
cerca de los tacheros
te espero con las hojas secas
que trae el otoño.
Mi problema es el tiempo,
estoy intoxicado por la metafísica.
Pienso en el tiempo, que no piensa
como continuo y sin progreso.

Ahí están mis sentimientos.

El pasado se arremolina como el mar
cuando está bravo y las placas tectónicas se sacuden.
Me gusta la geografía,
en el colegio aprendí
a identificar países con sus banderitas,
también,
los límites que nos hacen un continente.

Al parecer se mueven las placas
del suelo del mar
y se abre una grieta enorme
que reverbera en olas colosales
y estruendosas.
Eso, también, decía la chica en la tele
antes de salir a buscarte.

El tsunami viene cabalgando
-¿alguien sabe por qué?
¿alguien sabe dónde se producen
los movimientos de las placas?-.
Agua infinita rompe en algún país
de costas que miran al Pacífico
y se filtra más allá de su rompiente
entre los diques, las casas,
los puentes y la gente.

Todo eso pasa y te espero en Boedo,
cerca de la estación y sigo pensando
en el tiempo que no es el del tic-tac
-ése no eriza los pelos-
sino ese mar
que no distingue un antes y un después.
Ese agua que al pasar erige
ruinas de templos y conventos.

Y me encuentro
en esa ruina que vendrá
tras el agua brava
como un arqueólogo
de una ciudad destruida
quitando el polvo
de los escombros.

Trato de recordar
cuando estabas acá y no allá
cuando la inundación no había pasado
y estaba pensando en el tiempo,
sentado, en el barrio de Boedo,
cerca de los tacheros
esperando que vengas
y me digas
tu poema se llama geografía.